martes, 18 de noviembre de 2025

Font Ferri, una caminata endiablada, Aielo de Rugat, Valencia, octubre de 2025

Por fin, ¡se agranda la familia del Team Triple C! Y nada menos que con Lucía, que llega pisando fuerte y conquistando montes como quien pasea por el pasillo del súper. Una verdadera campeona, sí señor.

La aventura arrancó en Aielo de Rugat, un pueblecito tan pequeño que, si pestañeas, igual te lo pierdes. La ruta no es de las que quitan el aliento —al menos no por dificultad—, pero está tan llena de contrastes, rincones y sorpresas que uno no puede evitar empezar la caminata con expectativas por las nubes.

El sendero inicial, amable y bonito como él solo, nos llevó directos a la Font de Ferri, un saltito de agua coquetón que parece decir: “¿Veis qué mona soy? Pues ahora agarraos, que vienen curvas”. Y vaya si vinieron. Desde allí nos internamos en un barranco salvaje, precioso y un pelín fiero, como esos gatos que se hacen los duros pero te enamoran igual.










En un momento dado, abandonamos la comodidad para seguir un sendero mucho más empinado y asilvestrado que nos fue sacando del barranco como quien sale de un sueño profundo. Y allí, en lo alto, el primer premio del día: las panorámicas, limpias, vastas y con ese aire puro que parece recién estrenado.













A lo lejos, asomando entre montes, se dejó ver por fin el Castell de Rugat, vigilante eterno del valle, como un dragón sin dragón.





Avanzamos a buen ritmo hasta el corral de Simeó, donde hicimos una parada técnica (o filosófica, según se mire) antes de afrontar la subida al castillo.













Y merece decirse: las vistas desde allí arriba pagan con creces cada gotita de sudor invertida. El Señor Chuxo, nuestro fotógrafo oficial, inmortalizó el momento con retratos montañeses de lujo en los que las dos Carmen y la flamante Lucía brillaron como nunca.





La bajada posterior fue amable… hasta que dejó de serlo. Porque claro, en estas rutas siempre hay un “pero”: toca volver a subir. Menos mal que el premio eran los bosques y montes de Penyes Llúcies, que compensan cualquier queja con su belleza tranquila.











Más adelante, un repecho de los buenos nos llevó hasta las alturas donde —según crónicas poco verificadas— se intentó aprender a volar. Spoiler: seguimos siendo animales terrestres, pero con mucha dignidad.
















La bajada final, suave y preciosa, nos regaló pequeños tesoros naturales para quienes caminan con los ojos atentos y el ánimo despierto.









De vuelta a Aielo de Rugat emprendimos la misión más épica de la jornada: buscar dónde comer. Y como el pueblo no estaba por la labor, nos subimos al coche rumbo a Castelló de Rugat. Allí nos recibieron en el Restaurante Génesis, que —lamentablemente— no inventó el mundo, pero sí nos dio un almuerzo rico, tranquilo y más que merecido.





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