El día amaneció soleado y templado, perfecto para una nueva aventura. Con la mochila lista y muchas ganas de descubrir nuevos paisajes, pusimos rumbo a Oiartzun con la firme intención de explorar unos parajes que aún no conocíamos.
Nos alejamos rápidamente del pueblo por un camino forestal que atravesaba un bosque amable y sereno, donde las praderas, salpicadas de flores y helechos, estaban habitadas por caballos, ovejas y vacas que nos observaban pasar con una calma infinita.
A medida que ganábamos altura, el sendero —alfombrado de agujas de pino— nos condujo hasta los primeros miradores naturales, desde los que pudimos contemplar la sucesión de montes cercanos y, a lo lejos, el brillo plateado del Atlántico.
Sin gran dificultad alcanzamos la famosa agrupación de cromlechs de Egiar. Allí, mi pequeña niña flor decidió empaparse de las buenas energías del lugar y quedarse un momento en perfecta armonía con la naturaleza.
El regreso, tranquilo y pausado, nos llevó de nuevo hacia el valle, donde volvimos a encontrarnos con toda clase de animales que parecían esperarnos para darnos la bienvenida: gallinas curiosas, vacas contemplativas, caballos juguetones y potrillos que pastaban sobre praderas más verdes que el musgo que guarda los secretos del bosque.
Atravesamos los viñedos de Aldako, célebres por su delicioso chacolí, y regresamos finalmente a las inmediaciones de Oiartzun, donde el señor Chuxo, fiel a su espíritu sociable, entabló conversación con unos amables lugareños.
¡Viva la amistad, la naturaleza y la paz eterna entre los animales!






































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