Descubrimos por casualidad El Palacio de Dueñas, y como nos quedaba aún un poco de tiempo antes de irnos volando, decidimos entrar y hacer una pequeña visita del lugar.
Lo primero que impone son los jardines. Porque hay varios, escondidos en el laberinto que constituye la casa.
Entre deidades, mi bella de las flores, tesoro de mi jardín secreto y cuidadora de mi amor.
Después de los jardines, los patios, que también los hay donde menos te lo esperas.
En cuanto a la casa en sí, su magnificencia deslumbra al visitante curioso de los detalles.
Al salir, nos topamos con un artista acompañado de su animal de compañía.
Volvimos hasta el hotel para coger las maletas cagando leches, cruzando media cuidad como una flecha embrujada por un Makamaka africano.






















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