martes, 27 de febrero de 2018

Una larga mañana en el Real Alcazar, Sevilla, noviembre de 2017.

Al día siguiente, nos levantamos muy pronto para llegar a primera hora al Real Alcazar, y así poder disfrutar de la visita sin demasiados turistas.

La mañana se había quedado gris y fría, pero apenas franqueadas las puertas del palacio que su magnificencia calentó de felicidad nuestros corazones adormilados.





Es tras pasar la entrada que el encanto resplandece hasta el infinito… El patio de las doncellas, la alcoba Real, el salón de los pasos perdidos, un real placer que nos dejo impregnados de una sutil belleza repetitiva.











Un simple besos para revivirlo hasta la eternidad… pocas palabras para seguir en el paraíso.


























Salir a los jardines también llegó a ser una gran aventura, son tan numerosos e intrincados que sólo el azar fue capaz de guiar nuestros pasos.




Laberintos florales, estanques, fuentes, Sultanes, jardín de los poetas o bien de la danza… un sin fin de pequeños paraísos contemplativos por vivir y descubrir.









Nos perdimos en cada rincón… para volver a encontrarnos de nuevo.







En cuanto a mi niña, no paraba de mimetizarse en flor, mariposa o bien sirenita según el color de la vía láctea.









Nos fuimos con ternura rogando al Tiempo y al Espacio un poco más de su sabiduría.



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