La vuelta desde Fiesole fue toda una aventura. No se podían comprar billetes de autobús en ninguna parte, el conductor no tenía y nos dejo tirados como tontos.
Esperamos al próximo autobus y subimos sin billetes, pero hubo un control y salimos a toda leche antes de ser descubiertos y multados.
Quedaba mucho por caminar hasta volver al centro de la ciudad, pero el sol había salido y estábamos felices como perdices.
Nos topamos con un pasaje subterráneo repleto de arte urbano del bueno, un verdadero contraste después de nuestra visita al Uffizi.
Comimos en un restaurante donde hacían pasta orgánica, el Simbiosi, muy convivial y agradable, con un maestro conejo observando a los comensales con ojo avizor.
Después, dimos otra vuelta a la ciudad, la tercera y última, pasando por la Piazza della Signoria, descansando en un patio de algún palacio, admirando una increíble reproducción de la Florencia antigua en un baño publico y terminando nuestra odisea en la basílica de Santa Croce y su impresionante plaza, un real placer después de tanta caminata.
La basílica estaba cerrada, pero eso no impidió que mi niña flor siguiera con sus fantásticas fotos de encuadre Neofuturista.
Pero la aventura no se paró allí. Seguimos pateando, cruzando el río Arno y subiendo de nuevo hasta el Piazzale Michelangelo con la firme intención de disfrutar de un anochecer como toca.
Y así fue. Vini, vidi, vici! Disfrutamos una última vez de la ciudad, despidiéndonos de ella a lo grande.
Después nos refugiamos en el Pub Berlin donde la resaca fue de categoría… Pero eso es otra aventura.










































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