Aprovechamos de nuestro largo paseo por la ciudad para detenernos y deleitarnos de una de sus más imprescindibles joyas, El Duomo y el Campanille di Giotto, la torre de la catedral de Florencia.
Completamente revestida de mármol blanco y negro, parece recién acabada… el mármol inmaculado evitando que se vean siglos de cagadas de palomos, también blancos, un ingenioso ardid que ni los españoles y franceses, que suelen hacerse los listos, han contemplado en sus innumerables monumentos religiosos diseminados por todo quisqui.
Desde fuera, la catedral impone. Raramente he visto un exterior de catedral tan ricamente ornamentado. Los juegos de sol y sombras añaden un atractivo que nos hizo hacer varias veces la vuelta a la catedral y a su imponente torre.
Al final, mi dulcinea, hastiada de dar tantas vueltas, me cogió por el pescuezo y para adentro, ¡que ya está bien! El espectáculo del interior de la majestuosa catedral culmina por su sagrada cúpula Made in Florencia, con todo un tropel de ángeles guardando el patio celeste de una belleza divina.
¡Ojo! Dicha cúpula es capaz de provocar una torticolis bien guapa ademas de santificada. Lo hemos probado y no os lo recomendamos.






















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