Como ya habíamos pateado Florencia hasta hartarnos, decidimos irnos a Sienna en tren, un viaje muy agradable de una hora y media con sol y encanto incluido.
A primera vista, la ciudad impone. Eso sí, es un sin fin de bajar y subir en medio de estrechas calles muy empinadas cuyo encanto nos dejo a los dos totalmente enamorados.
Lo primero que se tiene que ver es la famosa Piazza del Campo, que tiene una forma de abanico y donde se encuentra el Palazzo Publico con su famoso Campanile que se ve desde el nacimiento del horizonte.
Después, volvimos a perdernos en el laberinto de la ciudad en busca de un buen restaurante para comer, que ya tocaba.
Como quería comer pizza, mi niña encontró Il Pomodoro, donde comí lo que, hasta ahora, considero la mejor pizza italiana de mi vida. Acompañado de mi bella, con un buen vino de Chianti y una vista insuperable, poco más se puede pedir.
Después seguimos con la visita, pasando por la iglesia Santa Catarina y su imponente puerta de hierro hasta llegar a la Catedral de Sienna, punto emblemático de la ciudad y que se tiene que visitar, sí o sí.
Nosotros la visitamos de arriba hasta abajo, subiendo hacia la Porta del cielo, siguiendo la visita entrando en la Librería Piccotimini y sus impresionantes frescos en “Trompe l’Oeil”, el Battistero y bajando hasta la sala de Santa Maria della Scala.
Tuvimos justo el tiempo de subir al Facciatone para admirar la puesta del sol y darnos un largo beso tocando las nubes.
Después, sin miedo, bajamos hasta la cripta y las catacumbas hasta encontrarnos cara a cara con el huevo de la creación.
Cogimos uno de los últimos trenes y volvimos a Florencia hechos polvo, el corazón encantado y con la promesa de volver algún día.


















































































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