Fuimos hasta Bououx, un pequeño pueblo perdido en medio de los campos, con 15 habitantes, 3 caballos, 8 perros y 18 gatos, eso sin contar a las gallinas, ocas y no sé que más cuyo cacareo dominaba el bucólico silencio de aquellas tierras.
Después de haber aparcado en un parking situado cerca de un antiguo centro de vacaciones, el camino discurre en medio de un profundo bosque que nos llevó a pasar casi por debajo de la montaña, un momento bastante especial al adivinar el peso de miles de toneladas de rocas justo encima de nuestras cabezas.
No fuimos a visitar las ruinas del fuerte porque el camino parecía bastante peligroso, así que decidimos seguir la pista forestal que iba subiendo muy poco a poco.
Mucho más tarde, llegamos a vislumbrar el famoso “Mont Ventoux”, más pelao que el cabezal del Chuxo, animal de pelo razo.
El bosque suele ser muy frondoso hasta casi llegar a la cima del “Pelat de Buoux”, con su spectacular vista a 360º y una silla de balneario turco para admirar al imperturbable paisaje.
La bajada es mucho más pronunciada que la subida, con las puertas del “Ravin de l’Enfer” como panorámica de fondo.
Aprovechamos un recoveco entre las rocas, antiguo bivouac de pastores, para comernos nuestros suculentos bocadillos a boca llena. Mi niña guerrera, que se había quedado con hambre, nos persiguió más mordedora que nunca.
Después de escapar a la fiera, llegamos a la parte final del “Barranco del Infierno”, más soso que un chorizo sin pimienta para deciros la verdad.
Eso sí, una vez de vuelta al parking, encontramos un pequeño sendero que nos llevó hasta un riachuelo cuya frescura nos quitó de encima todo el calor de este largo día de caminata.
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