De camino de vuelta a Calaceite, nos paramos en el borde de la carretera donde se indicaba que se podían ver unos cuantos túmulos, los de los primeros hombres… hace muchísimo tiempo.
Seguimos una ruta forestal polvorosa que nos llevó hasta la primera tumba, un túmulo de piedra perdido en medio del bosque.
Estábamos bastante cansados, aún así decidimos darle una oportunidad al asunto y seguir caminando un poco más, cruzando impresionantes campos, alfombras vivientes de verde eléctrico, sembrados por pequeños y encantadores bosques. A lo lejos, la cordillera de “Els Ports”, majestuosos testigos de los tiempos antiguos, realzaba la belleza del horizonte.
Vimos otros asentamientos, hasta llegar a un cruce de camino que nos indicaba la dirección a seguir para ver unos antiguos grabados neolíticos.
Al llegar al lugar indicado, sentimos enseguida que allí pasaba algo fuera de lo normal. Una fuerza invisible, pero tangible, había moldeado el entorno a su antojo. Hasta mi niña mariposa revoloteaba de manera distinta.
El lugar es realmente curioso y digno de ser visitado. El camino se para y hay que cruzar una inmensa explanada de rocas planas, vigilada por un doble e insólito olivo, guardián de la entrada del asentamiento.
Los grabados están esculpidos sobre una enorme roca que yace bajo tres inmensos robles, cuyas ramas se han entrelazado para siempre en un laberinto imposible. Justo al lado de dicha piedra, una fuente natural se hunde en un profundo agujero que desaparece bajo la tierra, madre creadora de tantos milagros.
Nos quedamos un largo rato allí, cogidos de la mano, la mente abierta y el corazón latiendo descansado.
A lo lejos, “Els Ports” reflejaban los rayos del atardecer, invitándonos para futuras y vivificantes aventuras silvestres.



































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