Para nuestra primera excursión en la comarca del Matarraña, habíamos decidido seguir la ruta fluvial, de Valderrobres hasta Beceite.
Llegamos al pueblo muy pronto, tan pronto que la oficina de turismos aún estaba cerrada. Así que nos dio tiempo saludar a una familia de patos en medio de su aseo matutino, tres ranas jefas de cofradía y un gato vendedor de queso fresco. En cuanto al río Matarraña, los reflejos de sus dulces aguas realzaban las bellezas del pueblo entero.
Una vez caminando en el sendero que nos habían recomendado, mi niña mariposa, exploradora de mi vida, tomó las riendas de la excursión que, no lo sabíamos entonces, iba a ser muy larga. En cuanto al chuxo fotógrafo, seguía con el entusiasmo que le corresponde a su bella caminadora.
Al principio, el sendero nos hizo cruzar muchos huertos, un antiguo molino e infinitas tierras de pasto bajo un sol abrasador.
Después, conseguimos escapar del calor, refugiándonos bajo la protección de un frondoso bosque, que nos llevó hasta el lecho del río que cruzamos como auténticos exploradores.
Una vez en el flanco de la montaña, el sendero, excavado en medio del monte, discurre siguiendo las aguas, protegido por un enorme muro de piedra que le da todo el encanto a esta parte del trayecto.
Después de abandonar el río, hay que subir un poco hasta salir del bosque y vislumbrar el pequeño pueblo de Beceite, escondido en medio de las montañas que lo rodean, verdaderos señores de los tiempos inmemoriales.
Después de cruzar el puente, se llega a la puerta del pueblo mismo, pero decidimos juntar la caminata del día siguiente haciendo un esfuerzo para llegar hasta el famoso Parrisal, dejando la visita del poblado para la vuelta.
Para llegar hasta el Parrisal, seguimos una interminable y calurosa pista con mucho trafico, donde mi exploradora ideó un ingenioso sistema para que los conductores nos vieran desde muy lejos.
Más allá de las altas rocas, vigilantes de los cielos, el azul de la bóveda celeste iluminaba cada uno de nuestros pasos.
Pero una vez llegados al Parrisal, el río recobra toda su belleza entre las rocas esculpidas por el tiempo y la fuerza de sus tranquilas aguas.
Hay que cruzar varias puertas de rocas para llegar al paraíso, con mi niña exploradora trepando como una campeona.
El sendero continúa en medio del río, que hay que cruzar varias veces, y un profundo bosque de pinos que custodia todo el entorno, hasta llegar hasta el tronco real. Si no consigues cruzarlo, hay que darse la vuelta sin remordimiento alguno.
Mi niña mariposa resbaló y volvimos acompañados por un grupo de caminantes intrépidos.
Hicimos dedo para no volver caminando por la pista, verdadero horno a estas horas de la tarde.
Una vez en Beceite, entramos por una de sus puertas, seguramente la más escondida, y nos perdimos entre el frescor de sus estrechas calles hasta llegar a la plaza de la iglesia, donde, por fin, pudimos tomarnos unas buenas tapas de pueblo acompañadas por unas cuantas cervezas bien frescas.
Después, seguimos explorando el pueblo, topándonos con el guardián del guardián, Bronco roncador como no los hay.
Salimos de Beceite por el mismo camino por el cual habíamos llegado, andando de nuevo hacia los montes perdidos.
Curiosamente, la vuelta nos pareció mucha más corta. De hecho, mi niña flor, siempre delante, le dio una caña impresionante.
Volvimos a cruzar el río, nos saludó una reina rana, nos dio plumas un gato pastor y acabamos con nuestras cantimploras más secas que el que se perdió en el Sáhara.
Llegamos a Valderrobles después de 8 horas de caminata, soñando de unas cervezas frescas y salvadoras.
En el sendero donde aún resonaban el eco de nuestros pasos, la huella de nuestros corazones se despertó, ofreciendo sus bellos colores, los del amor y del tiempo que pasa de la mano de mi bella niña, flor de mi vida.




















































































































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