martes, 8 de agosto de 2017

Un fin de día en Valderrobres, mayo de 2017.

Después de nuestro largo periplo siguiendo las orillas del Matarraña, volvimos a Valderrobres, el pueblo de nuestra partida.

Pensábamos tomarnos una merecida cerveza en la plaza del pueblo, pero era día de fiesta, con la música sonando a tope. Así que, una vez pasado el puente que da hacía la puerta del pueblo custodiada por unos monos de piedra acompañados por un Santurrón escalador, decidimos escabullirnos por sus tranquilas y desertadas calles.







Este dédalo de estrechas callejuelas nos ofreció un tesoro más que preciado: el milenario frescor nacido de las profundas sombras que le dieron vida.




Eso sí, subimos sin parar hasta llegar al Castillo-Palacio que domina esta antigua capital de comarca, topándonos por el camino con un felino guerrero durmiendo la mona sin preocuparse por el desenlace del mundo que lo rodeaba.






Mi mariposa de azul quizo subir hasta lo alto para contemplar desde las cimas la ciudad y sus tejados, el Matarraña y las lejanas montañas, reinado de nuestras aventuras.









Y es cierto, mi bella es una princesa, reina de mi corazón y guerrera de mis noches.



Cabe decir que al Chuxo fotógrafo le costó lo suyo bajar unas malditas escaleras de miedo mientras su dulcinea de dulces pétalos se hacía unos Selfies riéndose de las alturas.





Aprovechamos para visitar la iglesia cuyo guardián nos recibió sin ladrido alguno, acompañado en su soledad por unos santos rezadores que se habían quedado de piedra.









Es bajo tierra que conseguimos volver 300 años atrás en el tiempo en un relámpago, un viaje mágico que clausuró esta larguísima jornada repleta de peripecias.






El sol se despidió lentamente tras las montañas bajo el marcial saludo del Chuxo campeón de las alturas y de su amada exploradora.



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