Llegamos a Gordes muy tarde por la noche. La casa estaba bien fresquita y, después de una frugal cena, nos fuimos a descansar como marmotas.
Al día siguiente, tuvimos a una visitante muy simpática además de juguetona que nos dio la bienvenida a la hora del desayuno. La casa, situada en un recoveco y a buena distancia del pueblo, nos ofrecía una espectacular vista sobre las rocas, muy llamativas por esta parte de la Provence.
Antes de irnos de aventuras, decidimos pasear por el pueblo, impregnándonos de cada uno de sus rincones mágicos… que son casi innumerables.
Por la tarde decidimos irnos de excursión, bajando del pueblo en busca del famoso y temible “Mur de la peste”, una caminata campestre bastante bucólica, sobre todo por las impresionantes vistas del pueblo visto desde lejos.
Una vez en campo abierto, el sendero discurre entre flores y mariposas, la mía revoloteando de alegría.
El muro surge en medio del bosque, complejo laberinto que discurre haste el infinito, con sus piedras apiladas las unas sobre las otras desde siglos, testigos de numerosas historias olvidadas.
Como la ruta es circular, volvimos a nuestro punto de partida por otro lado donde tuvimos la suerte de admirar el pueblo bañado por los últimos rayos de sol.
El trayecto final sube sin piedad hasta la plaza del pueblo donde nos esperaba un “Poilu” de la primera guerra mundial, la mirada impasible y el porte soberbio.
Por la noche, tuvimos de nuevo una curiosa visita, la de un explorador nocturno, avanzadilla de toda una tropa que nos visitó a la noche siguiente.




























































No hay comentarios:
Publicar un comentario