Sí, no podemos negarlo, nos fuimos como dos enamorados, de la mano, a visitar “Le château de versaille”, un viaje que teníamos pendiente desde hace mucho tiempo.
Como es costumbre, mi niña llegó saltando en medio de “la cour d’honneur” de la plaza, espantando las palomas y a los turistas aturdidos bajo la severa mirada del gran Luis, el XIV, montado sobre su bronco caballo.
La entrada se hace por “la cour royale”, donde uno se cree el rey del patio.
Se empieza la visita por las galerías del castillo y las salas Louis XIV, donde una multitud de ángeles vuelan por todas partes.
Tras la puerta del convento, el convento, con toda la cofradía pasándoselo bomba.
Y sí, Luis estaba omnisciente, mirando si alguien le birlaba algo de su palacio.
En cuanto a mi bella, observaba los techos con mucha atención: ¡cuantos animalacos fantásticos dando la lata al gentío del cielo!
“Les grands appartements” se abren con magníficos “trompe l’oeil” que dejan el infinito prisionero del fresco pintado.
Lo admitimos: flipamos como monos embebidos, sobre todo el chuxo que acabó por saludar a todo lo que estaba pintado.
El top del top fue “la galerie des glaces” donde nos multiplicamos tanto que ya no supimos por donde salir, sobre todo cuando nos dimos cuenta que estábamos rodeados por una horda de chinos que ni siquiera hablaban cristiano.
Y siempre una multitud de angelitos volando sin parar por los techos, curiosa costumbre de aquel castillo. De hecho, me quedé con el cuello destrozado por tanto mirar hacia arriba durante horas.
Es cierto que el chuxo acabó por fotografiarse a sí mismo por puro egocentrismo fotográfico.
En cuanto a mi musa, su belleza se veía reflejada por cualquier rincón de este fabuloso palacio.
Se suele acabar la visita por “la galeries des batailles”, donde los que vuelan dejan el sitio libre a los que se dan de hostias.
Al salir, nos saludó la ninfea del Croko, cuyas flechas atraviesan los corazones impuros.
Una vez en los jardines del castillo, perdí de vista a mi dulcinea, bella flor entre las flores.
Pasamos cerca de unas fuentes que reflejaban el cielo, pero sin ángeles revoloteando por todas partes, por fin.
Después seguimos nuestro camino perdiéndonos por pasillos florales dignos del mejor laberinto.
Descansamos un buen rato en el bosque del “fauno perdido” bajo la dulce sombra de unos grande arboles silenciosos antes de reemprender nuestra larga aventura.
Comimos en una “petite buvette” donde nos atendió un camarero muy simpático que le sirvió doble ración de patatas fritas al chuxo que, enloquecido, saltaba de alegría.
A lo lejos, el castillo se abría majestuosamente entre sus ordenados jardines a la francesa.
Un dato curioso: saltaba el agua cada vez que pasaba mi niña.
Hubo un intrépido que intentó engañar al bueno del chuxo, argumentando que no tenía nada que ver con la desaparición de su sombrero, pero no coló.
Nos topamos con unos cuantos seres acuáticos e hicimos nuestras últimas fotos cerca de la hermana de la ninfea del Croko, cuyas flechas atraviesan los traseros impávidos.
Antes de coger el tren, entramos en una increíble librería donde descubrimos las memorias del Chuxo Luis, descendiente del ilustre del castillo y escribidor como no los hay. Pues no, no los hay.


















































































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