El día se había levantado nublado y demasiado tranquilo. Después de un buen desayuno en la frontera, Phil y su amigo nos llevaron de buena mañana hasta el Jaizkibel.
Allí, dejamos el coche para seguir a pie hasta la casa que tienen perdida en medio de un recoveco de las montañas, accesible solamente por un camino de tierra donde se puede ver brillar el océano desde las alturas solitarias.
Entre los matorrales, mi bella flor abría camino, despertando mi amor a cada paso.
Hay una buena caminata para llegar hasta allí. En medio de las praderas, caballos y vacas nos miraban pasar con un leve atisbo de curiosidad. La verdad es que, allí arriba, la paz parece absoluta.
Por fin, a lo lejos se perfilaba el tejado de la casa perdida al otro lado de un profundo desfiladero infranqueable.
Subimos al solitario Monte Mimiague, nombre del famoso explorador que lo descubrió.
Una vez en la casa, que es una verdadera ruina, Phil nos llevo a ver los perros que casi le comieron ambas manos por el hambre que tenían.
Más allá descansaba el océano, majestuoso rey del infinito, guardián de mi infancia y de sus lejanas aventuras, tesoros de toda una vida.
Después nos dimos un largo paseo entre los frondosos campos de matorrales infestados por moscas gigantes que no nos dejaron en paz ni un segundo, obligándonos a abandonar nuestro paseo, dando fin a nuestra matutina aventura campestre.




































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