Nos costó llegar hasta esta pequeña playa solitaria, pero el esfuerzo valió la pena. Aquel día, el cielo era tan azul que su reflejo en las tranquilas aguas del océano deslumbraba hasta las escurridizas sirenitas solitarias.
Era marea baja y las rocas nos ofrecían pequeñas cuencas de agua cálida y transparente, un pequeño paraíso donde los cangrejos tomaban el sol tranquilamente, disfrutando de este dulce verano Indio.
Hasta los pececillos venían a darnos besitos de cariño.
Nadamos un poco, sobre todo mi sirenita de agua salada cuya piel iluminaba de felicidad a un chuxo saltarín, explorador y submarinista.
Me dormi observando las nubes cantautoras que se deslizaban desdibujando recuerdos ancestrales.











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