¡Mmmmm! ¡Qué sabrosa la cena que preparó mi sirenita en el pequeño estudio de la “Résidence du golf”, con sabor a océano, sal marino y vista hacia la bahía.
Después, subimos hasta Sainte-Barbe, el promontorio rocoso que domina Saint-Jean-de-Luz, para disfrutar de una puesta de sol de enamorados, deleitándonos del fuerte latir de las olas contra los diques que cierran el paso al furor del océano.
Las palabras sobran frente a la inmensidad, belleza de las bellezas.
¡Mirad, mirad, hasta que vuestro corazón rebose de felicidad!



















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