Nuevo despertar en Gambais, nuevo amanecer luminoso. Aquel día, Bixente venía de viaje con nosotros… así que conseguimos coger el tren a tiempo y llegar temprano al “Quai de Branly”, bordeando el Sena para acabar llegando tranquilamente hasta nuestro destino de la mañana: “la tour Eiffel”.
Mi niña bailaba como una mariposa. Quería subir a lo más alto… y más si podía ser.
Así que, mientras Bixente cazaba Pokemons, subimos hasta la segunda planta con ganas y entusiasmo.
El chuxo, animal de pelo raso, ya estaba acojonado en el ascensor. Así que apenas llegado que ya quería bajar. Mientras tanto, su bella disfrutaba de las vistas de la capital que ofrecía sus encantos desde las alturas desnudas.
Aún así, mi niña mariposa consiguió revolotear hasta tocar el techo del mundo, divino lugar donde unos sabios se han quedado fumando la pipa de la paz, mirando la eternidad desvelarse bajo sus ojos incrédulos.
Es verdad que, una vez arriba del todo, hasta el silencio queda abrumador.
Después de tantas alturas, nos fuimos en metro hasta “Château Rouge”, buscando el camino más corto para llegar a la “Bute Montmartre”. Comimos en un pequeño restaurante canta-autor situado bajo la apacible sombra de la arboleda del gran parque que circunda parte de la colina del “Sacré-Coeur”.
Una vez saciados, subimos por un florido camino silvestre, cruzando enamorados perpetuos hasta llegar a la explanada que se abre sobre la bóveda celeste de una inmaculada blancura.
En cuanto al chuxo, no paraba de ladrar bajo la severa mirada de los dos caballeros, guardianes de la entrada del templo.
Una vez en el interior, vimos estrellas por todas partes. Mirase donde mirase, y lo miramos bien, tooooooodo brillaba como mil fuegos.
Una vez fuera de la atracción de los santos, nos perdimos en la “Place du Tertre” saturada de turistas ávidos de no sabemos qué exactamente, pero lo buscamos con ellos.
Después de subir, nos tocó bajar, con mi bella niña juguetona escondida tras la fuente de los eternos milagros. De hecho, nos despedimos del Sacré-Coeur bajo un sol revelador.
Cogimos de nuevo el metro hasta “Chemin Vert”, perdiéndonos en el intrínseco laberinto de las calles parisinas hasta llegar a la magnífica “Place des Vosges”.
Seguimos nuestro camino cruzando el “hôtel de Sully”, pero estaba completo, y además no aceptaban los animalacos desprovistos de pedigrí.
Me fui ladrando de muy mala hostia con mi dulcinea de las mil caricias tranquilizándome lo mejor que podía.
Con mi bella hipnotizada por la belleza arquitectónica de las calles parisinas, acabamos por llegar a la biblioteca “Forney”, cerrada por un decreto del rey Louis XIV hasta nueva orden del pontifice.
Conseguimos entrar en la iglesia “Saint-Gervais”, pero no tenían helados, un verdadero pecado para estos días tan calurosos.
Llegamos al “Hôtel de ville” de Paris donde hicimos un breve salto temporal de unos cuantos segundos, justo el tiempo para escuchar música celestial y darle un beso a la reina de mi corazón.
Volvimos en metro hasta Montparnasse, cantando la Marseillaise al revés, aunque con alegría.






























































































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