Cuando subimos al avión, aún era de noche, así que era lógico llegar a Porto antes del despertar de las gaviotas.
Y así fue. Llegamos al hotel sólo para dejar las maletas. Nos tomamos un café justo al lado y “¡anda ándale!”, empezamos nuestra peregrinación matutina.
Mi niña quería subir hasta la Catedral porque era allí donde se encontraba la oficina de turismo.
Hay que decir que la subida es de cojones, pero la bajada por el antiguo barrio de los pescadores también, así todos contentos, santos y pescadores juntos dando salmos. Dichas callejuelas tienen un encanto especial, aunque son realmente muy solitarias a estas prontas horas de la mañana.
Seguimos por el paseo marítimo, admirando el puente Luis I, el Muro dos Cobertos da Ribera, la iglesia de San Nicolau y acabando la vuelta en la parada del famoso Porto Tram City Tour.
Subimos de nuevo hasta el barrio alto llegando a la plaza da Cordoaria donde, curiosamente, todos estaban muertos de la risa. No entendemos portugués, pero nos reímos como magdalenas bañadas en ron.
Seguimos pateando hasta la iglesia de las Carmelitas y la iglesia Do Carmo y su impresionante mural de azulejos.
Comimos cerca de la fuente Leodes, en la Tasquinha, un restaurante popular altamente recomendable.
Para agilizar la digestión, seguimos dandole caña al asunto paseando hasta llegar a la famosa librería Lello, acabando por pararnos delante del logo de la ciudad para inmortalizar tan descomunal momento.
Subimos hasta la majestuosa avenida Dos Aliados, pasando delante de la iglesia Dos Congregados hasta llegar a la lejana iglesia de la Trinidad situada a la otra punta de la cuidad.
Descansamos en el Majestic, el café más “emblemático” de toda la ciudad, donde nos juntamos con Faria Manuel, uno de los personajes más “emblemático” de toda la comarca, islas incluidas.
Después de un día entero dando vueltas como locos… volvimos por la Catedral, como no, bajando de nuevo por el barrio pesquero para encontrar un pequeño restaurante escondido en una callejuela, el Terreirinho, donde acabamos el día, la noche y todo lo que cuelga, a lo grande, como es debido. Y es allí donde descubrimos el Beirao, el famosos espirituoso portugués y llama viviente del buen Chuxín, animal parlanchín.
¡Viva! ¡Viva Porto y el Beirao!


























































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