martes, 17 de abril de 2018

En la otra orilla, Porto, enero de 2018.

Al despertarnos en nuestra gran habitación del hotel, la ciudad entera parecía adormecida, totalmente subyugada por los graznido de las gaviotas.

Una poderosa niebla se había apoderado de la urbe en su totalidad, transformando nuestro primer paseo del día en una verdadera aventura, cruzando a tientas el inmenso puente de metal que Eiffel había ideado hacia más de un siglo antes… un paseo totalmente surrealista ademas de encantador.







La otra orilla de Porto está constituida por la antigua parte de los Docs y del puerto mercante… ahora una área bastante turística.



Bajo la niebla, todo se transforma, transportándonos en imaginación a otra época, otro mundo lejano.



Tomamos un café en un pequeño bar popular del puerto donde pude retomar mis tareas de Business man. Quiero subrayar que el café que tomé es uno de los mejores que he tenido la ocasión de probar.




Al salir, la bruma ya empezaba a desvanecerse, la ciudad emergiendo de sus ensueños.




Decidimos dar una vuelta por la parte alta donde están distribuidos los almacenes de las grandes bodegas de la ciudad.






Subimos hasta la de Taylor, cuyos jardines, a estas tempranas horas de la mañana, son de una tranquilidad absoluta.






Después, fuimos a saludar al Gran Conejo, paseando por la “ciudad dentro de la ciudad”.







Subimos hasta el mirador Da Serra do Pilar, cerca del convento, donde las vistas sobre la ciudad y el puente son insuperables.










Cruzamos el puente esta vez sin niebla y con el Chuxo rastreador delante, abriendo camino hasta llegar a la famosa Taberna de San Antonio, donde el corazón del buen animal se iluminó, resplandeciendo todo el resto del día.








Nos encantó la taberna, tanto que volvimos a cenar, atiborrados de comida típica portuguesa. Es allí que mi niña flor perdió su famoso gorro morado que volvimos a encontrar en el perchero cuando volvimos por la noche.



El resto del día fue tranquilo. Siesta, ronquidos, paseo digestivo, gigante, zapatero y estrellas bajo la bóveda celeste.











Nos tomamos unas cervezas en un bar de la “otra orilla”, donde el camarero, que hablaba siete idiomas, nos invitó a dos copas de Porto, uno blanco y otro tinto, una manera fantástica de empezar la noche.




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