El día siguiente se despertó lluvioso, así que decidimos irnos de visitas culturales.
Primero fuimos a la iglesia de San Nicolau, cuya capilla es realmente deslumbrante. Es una pena que no se pueda hacer fotos, aunque eso no impidió a mi niña aventurera volver con uno que otro recuerdo fotográfico.
Después nos fuimos al Palacio de la bolsa, una visita en grupo, todos españoles, y además era gratis el lunes, la suerte de los campeones.
El interior del palacio nos sorprendió mucho, sobre todo el gran salón de estilo morisco, una apoteosis de luz divina.
Comimos tapas y golondrinas en un pequeño bar alternativo de la calle Da Flores. Acto seguido, volvimos al ataque volviendo a la estación de tren para inmortalizar como era debido los impresionantes azulejos que dejan al viajero deslumbrado.
Seguimos pateando como pastores en busca de nuestro Santo Grial, pasando delante de la iglesia Santo Ildefonso, dando una última gran vuelta a modo de despedida, acabando nuestra peregrinación en una antigua bodega subterránea de la calle Do Infante, disfrutando de un concierto de Fado en “petit comité”, una hora de puro encanto portugués que iluminó nuestra noche de despedida.
Nos fuimos a la mañana siguiente bajo la lluvia y el frío, mi niña con sus zapatos de soles luminosos a modo de protesta. Sorprendentemente, el avión pasó encima del pueblo justo antes de emprender el aterrizaje en Manises, un verdadero regalo de los cielos…









































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