No conocíamos este pueblo costero escondido tras un polígono industrial bastante tétrico además de insalubre, pero lo cierto es que el casco antiguo de Pasai Donibane no puede más que sorprenderte si no estás preparado para lo que vas a descubrir: un pueblo costero con mucho encanto.
La calle principal es todo un espectáculo que nos llevó hasta la vieja iglesia y la plaza central, pasando por la orilla del río Oyarzum que desemboca en el Mar cantábrico.
Al salir del pequeño pueblo, proseguimos por un agradable paseo marítimo que sigue la desembocadura del río y nos llevó muy alto caminando por el nacimiento del Jaizquibel hasta unas formaciones rocosas de las más bellas.
Dimos marcha atrás y volvimos a subir una larguísima cuesta perdida en medio de un frondoso bosque encantador. Una ruda subida nos esperaba, pero al final tuvimos premios.
En lo alto, nos saludaron asnos y vacas de lo más simpáticas, salvo para mi niña mariposa que desconfía sobradamente de aquellos pacíficos animales.
Arriba las vistas son grandiosas y la brisa marina más que bienvenida. Subimos hasta la cima Menditxiki y saludamos la imponente Roca equilibrista que predomina todo el litoral.
Después seguimos caminando por lo más alto cruzando muchos prados, territorio de las vacas vascas, animales de sangre templada y mirada terca, igual que mi niña flor que evitó cruzar su territorio.
Seguimos hasta el final del camino y volvimos atrás, cruzando de nuevo los prados y sus vacas que, decididamente, no se perdieron nada de nuestras idas y vueltas.
De vuelta al pueblo, nos tomamos un Chacolí en la taberna de Pitxi y volvimos tranquilamente a comer a nuestro Nido de verano, felices y contentos
Por la noche, mi niña se vistió de gala y fuimos a cenar al Bistro du Mata con una actuación en vivo del prodigioso Matt Hood. Nos encantó, nos subyugó… en fin, volvimos encantados.


















































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