martes, 29 de octubre de 2019

Una vuelta revuelta, Itxassou, Espelette, Sare y Saint-Pée-sur-Nivelle, septiembre de 2019.

Empezamos nuestro día por visitar un “Vide grenier” en Saint-Jean-de-Luz, un mercadillo donde los lugareños pueden vender cualquier tipo de baratijas. 

Encontramos tesoros: vinilos de música francesa de los 70’ por un euro cada uno y para mi niña salvaje “une pelure de la bête” que aún no se ha probado pero que le vendrá de lujo cuando empiece a nevar.

Volvimos a “la Ferme d’Erromardie” para almorzar y seguidamente nos fuimos a hacer una ruta a Itxassou. Cabe decir que el paisaje que se vislumbra desde este pequeño pueblo del interior es abrumador. Allí todo respira tranquilidad.







La meta del día era la de hacer una ruta mucho más larga, pero la patita de mi niña caminadora aún no se había recuperado y decidimos dar la vuelta del pueblo por los bosques circundantes.








La verdad es que nos encantó el paseo. Tanto verde es bueno para el espíritu. De hecho, nos prometimos volver el año que viene y dar el paseo que se merecen aquellas bellas montañas.




Visitamos la pequeña iglesia y el cementerio con sus piedras sepulcrales muy típicas del País Vasco. El chuxo casi quedó lisiado por unos marrones que se caían desde las cimas de los árboles, pero salió ileso de aquella aventura.









Conocimos a un pequeño potioc glotón que nos indicó el camino hasta el centro del pueblo.



Después de nuestra vuelta, nos fuimos a Espelette a comprar regalitos y a comer algo, que no nos podíamos ir sin probar algunos manjares del lugar.





Como pasamos por Sare, decidimos irnos a las grutas, una visita muy recomendable por cierto. No pudimos hacer muchas fotos pero nos gustó mucho el enfoque de la visita.






Volvíamos en coche hacia Saint-Jean cuando vimos de refilón un pequeño puente muy bonito. Decidimos acercarnos y visitar los parajes.



Era el puente  de Saint-Pée-sur-Nivelle. El lugar era tan bucólico que casi nos perdimos en el reflejo de sus tranquilas aguas.



Dimos la vuelta al silencioso pueblo, mi niña se hizo amiga de un gato que se quedo de piedra y, sin pensárnoslo dos veces, nos tomamos una buena cervecita vasca en el “troquet” del pueblo que, curiosamente, se había quedado casi desierto.







Mi niña fotógrafa jugó con el sol un buen rato y nos fuimos a casa para descansar y disfrutar de la tranquilidad de nuestra “mobile-home”.






Pero al último momento, decidimos irnos a cenar a España y es así que volvimos al camping acompañados por miles de estrellas que nos proporcionaron toda la suerte que nos merecíamos.

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