Llegamos al camping d’Erromardie, cerca de Saint-Jean-de-Luz, muy temprano. Habiamos dejado atrás Libourne y la Tía Christine y nuestra Mobile Home aún no estaba lista. Así que nos fuimos a tomar una copa y unas tapas al Bistro du Mata disfrutando de la brisa marina del gran Atlántico.
Una vez instalados, duchados y vestidos, nos fuimos a tomar un Aperol a la Guinguette d’Erromardie… una cuenta pendiente ampliamente superada.
Al día siguiente, caminata hasta Saint-Jean por el Sentier du litoral, un sendero que ya nos conocemos casi de memoria.
La belleza de la costa Vasca tiene algo mágico que te embruja para siempre…
Saint-Jean la bella nos esperaba más luminosa que nunca, pero ya era la hora de la comida y tuvimos que volver a casita con pie ligero y el estómago en ebullición.
Al día siguiente nos fuimos hasta Biriatou bajo una fina llovizna que lo envolvía todo.
Una vez visitado el pequeño pueblo, empezamos nuestro periplo campestre bajo un sol cada vez más presente.
Subimos y subimos hasta olvidar que subíamos, buscando una cima que cada vez parecía más lejana.
Pero conseguimos llegar a la cima después de una muy larga caminata, con mi niña lisiada pero contenta por haber llegado a concluir está primera etapa del camino, disfrutando de unas panorámicas insuperables.
La bajada nos llevo cerca del lago de Ibardin que dejamos de lado para seguir con nuestro camino de vuelta.
No sé si es en este cruce que nos equivocamos, pero el resultado es que bajamos por un sendero cada vez más agreste y totalmente olvidado del mundo.
Allí, el verde es Dios mientras los árboles son los verdaderos amos del tiempo.
Bajamos hasta toparnos con el río Bidasoa, final del camino conocido y vuelta atrás para recuperar nuestros pasos perdidos.
Escondidos por arte de magia, nos observaban seres invisibles, entes de los bosques milenarios.
Conseguimos volver ilesos hasta el camino correcto, bordeando el Bidasoa que estaba embrujado por miles y miles de peces que se deslizaban en silencio.
Como es costumbre, mi niña Flor se mimetizó con el entorno. Al final conseguimos volver hasta el pueblo de Biriatou por un atajo olvidado de los hombres y de las bestias salvajes, un camino que nos indicó una aldeana que no sabía si dicho sendero era aún practicable.



































































No hay comentarios:
Publicar un comentario