Ya era tarde cuando decidimos subir hasta Cabo Girao, el segundo acantilado más alto de Europa. Bueno, al principio, sólo habíamos decidido dar un paseo y subir un poco para tener una vista más exhaustiva de esta parte de la costa, pero subiendo y subiendo, decidimos seguir lo más que podíamos ya que el día había sido bastante emocionante.
Conocimos a un chuxo muy majo que nos siguió hasta arriba del todo… y volvió con nosotros camino a casa hasta que su dueño se lo encontró cuando volvía en coche.
Más se sube, más la vista es impresionante, con toda la costa generalmente bañada por el sol mientras los montes siguen cubiertos por enormes masas nubosas estancadas en medio del océano.
Los viñedos ubicados en medio de los acantilados son de loco, y los caminos que llevan hasta ellos aún más. En cuanto al Cabo Girao, es para cagarse encima. Todos subieron a la plataforma transparente que deja al espectador flotando en el vacío, salvo el señor chuxo que huyo con la cola entre las patas.
Pobre animal, si hubiera sabido lo que le esperaba los días siguientes…







































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