De vuelta en coche, cruzamos las nubes que transformaron el paisaje en una película de fin del mundo. Aún así, conseguimos volver sanos y salConseguimos vengarnos de nuestro accidente mecánico, subiendo con nuestro nuevo y flamante coche las empinadas carreteras de la isla en busca de la famosa “levada das 25 fontes”. Pero nos perdimos, volvimos a encontrar el buen camino y nos perdimos de nuevo.
Así que es con las cáscaras bien tocadas que nos paramos en un pueblo cuyo nombre he olvidado, pero donde comimos en un restaurante de bufé increíble y por menos de la mitad de tres duros de los antiguos, con una vista sobre un valle sin nombre más que acogedor.
Después de unas cuantas cañas, conseguimos llegar a nuestra meta del día, pero era muy tarde y, una vez en la senda, unos caminantes nos aconsejaron darle caña si queríamos coger el autobus de vuelta que nos llevaría de nuevo hasta las alturas, antes de que cayera definitivamente la noche.
Desde arriba, veíamos la pista discurriendo en medio de un precioso bosque de Laurisilvas realmente encantador, desprendiendo dulces sensaciones de aura mística.
Una vez llegado al “Posto forestal”, las sendas se dividían, una llevando a la “levada das 25 fontes” y la otra a la “levada do risco”. Elegimos la primera.
La levada es bellísima y discurre pegada a la falda de la montaña, muchas partes de la senda bordeando peligrosamente los acantilados y dando directamente hacia el vacío. El señor chuxo fue hasta donde pudo.
Después del puente que permite cruzar el “Ribeira grande” y sus miles de cojones… imposible mover al animal de pelo raso que dio marcha atrás, más pálido que el trasero de una monja perdida en medio del Ártico.
Menos mal que su bella princesa fue a rescatarlo, mientras Bea y monsieur le Txema seguían hasta las 25 fuentes que, por desgracia, se habían quedado secas por las terribles olas de calor del verano.
Mi dulcinea del bosque encantado me llevó hasta el cruce de camino y seguimos la aventura hacia el “levado do risco”… con el “risco” al final de la aventura, bello, impetuoso y solitario como una ostra en un bocal.
Me estoy mofando, pero la caminata fue realmente bella y repleta de tesoros naturales que nos dejaron con el corazón renovado.
Una vez todos juntos en el “Posto forestal”, hice fotos de las flores del camino. Conseguimos coger el último autobus, que también era forestal, y que estaba a la espera de unos ucranianos locos que nunca llegaron.
De vuelta en coche, cruzamos las nubes que transformaron el paisaje en una película de fin del mundo. Aún así, conseguimos volver sanos y salvos a “Camara do lobos”, acabando el día en nuestra tasca preferida, saboreando unos cócteles de infarto sin olvidar nuestro querido “bolo do caco”, imprescindible si quieres comer como un maharajá.








































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