lunes, 10 de abril de 2017

Camara de Lobos, Madeira, octubre de 2016.

Empezamos nuestro primer día con un buen desayuno que nos puso a todos con las pilas recargadas a tope, sobre todo monsieur le Txema que quería irse de aventura ya.

Decidimos irnos a pie de Camara de Lobos hasta Sâo Martinho para alquilar un coche y así poder despegar hacia las nubes. Nos alejamos del pueblo por el paseo marítimo que discurre a lo largo de toda la costa bajo un sol abrasador.

Cruzamos playas y paseos subterráneos hasta llegar a las piscinas naturales de Doca do Cavacas que entusiasmaron tanto a mi sirenita que revoloteaba con la idea de pasar media tarde tomando el sol entre gaviotas.

Alquilamos un coche en Sâo Martinho y decidimos emprender nuestra primera aventura que, por desgracia, no nos llevó muy lejos. El coche quebró a la primera subida, dejándonos tirado en medio del monte y con Bea, nuestra valiente conductora, herida en el alma.

Nos salvamos por milagro de una apoplejía nuclear generalizada y conseguimos volver sanos y salvos, con un nuevo coche, hasta la casa de Camara de Lobos, bien decididos a acabar el día flotando.

Y así lo hicimos. Volvimos a Doca do Cavacas, con mi sirenita bailando en medio de un agua más translucida que las escamas de su chuxo buceador.

A lo lejos, entre las nubes de la esperanza, nos observaba el Cabo Girâo, llamándonos, gracias a una brisa que nos iba a ofrecer nuestra siguiente odisea.


















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