domingo, 5 de marzo de 2017

La caminante solitaria, Bárcena Mayor, septiembre de 2016.

Llegamos con la lluvia y, al día siguiente, nos levantamos con niebla. En ambos casos, pudimos disfrutar del pueblo para nosotros solo, gozando de las historias ancestrales que nos contaban las piedras a cada uno de nuestros pasos.

Mi bella, caminante del silencio, seguía en busca de su chuxo que había desaparecido y que debía esconderse en algún rincón del tranquilo pueblo, investigando o bien buscando tesoros escondidos.

Mientras el río musitaba sus suaves encantos, más allá, en las cimas, las nubes acariciaban  los bosques, dejándolos subyugados por sus etéreos encantos.

A parte de la sutil belleza del pueblo, hay que añadir que, por estas tierras, se come rematadamente bien. De echo, hicimos una dieta de las buenas, de las que te dan alegría y júbilo.


























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