Llegamos con la lluvia y, al día siguiente, nos levantamos con niebla. En ambos casos, pudimos disfrutar del pueblo para nosotros solo, gozando de las historias ancestrales que nos contaban las piedras a cada uno de nuestros pasos.
Mi bella, caminante del silencio, seguía en busca de su chuxo que había desaparecido y que debía esconderse en algún rincón del tranquilo pueblo, investigando o bien buscando tesoros escondidos.
Mientras el río musitaba sus suaves encantos, más allá, en las cimas, las nubes acariciaban los bosques, dejándolos subyugados por sus etéreos encantos.























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