Nos lo habían dicho, allí, en el camino de los santos, subiendo hasta la catedral del mar,vive la gaviota Templaria, misteriosa dueña de la bóveda del castillo alto.
No es fácil verla, así que subimos hacia la iglesia de Santa María de los Ángeles a hurtadillas, escondiéndonos en cada rincón para no despertar a dichosa ave milagrosa.
Fue mi niña que la vio la primera, inmortalizando el momento como es debido.
Después me dio un beso y me fui corriendo tras la cofradía de los santos macarrones, unos ángeles de mucho cuidado.
Pero una vez arriba, las vistas del estuario que se deja caer en el océano es un espectáculo abrumador de sencillez y belleza.
Para celebrar nuestro reencuentro, nos besamos de nuevo, pero no con un beso genérico, no, sino con uno de santo, de los que te dejan ver las estrellas.





















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