martes, 14 de marzo de 2017

Día lluvioso en Comillas, Cantabria, septiembre de 2016.

Llegamos a Comillas con los chubasqueros puestos, preparados a desafiar la llovizna que había conseguido vencer hasta los colores del cielo.

El palacio de Sobrellano se parecía a una acuarela recién pintada cuyo papel aún húmedo desvelada su tímida belleza.



Subimos hasta las puertas del palacio cuyas piedras rozadas proporcionaban un encanto especial al resto de la ciudad que se divisaba tras el gran parque de un verdor resplandeciente.





Es al lado de la capilla del Panteón que mi bella encontró uno de los huevos del famoso señor Coco, pero no cualquier huevo, no, uno gigante y más duro que una piedra.





Acabamos la visita cruzando el territorio del Capricho de Gaudi cuya torre en forma de coliflor nos abrió el apetito.



Como el tiempo mejoró circunstancialmente, decidimos acercarnos a la costa para saludar al gran océano, aprovechando para descubrir la belleza de los imponentes acantilados, famosos en el mundo entero.



Mientras el chuxo tomaba fotos, mi niña, hada de las olas, daba vueltas y revueltas sin caerse ni resbalarse, un verdadero milagro conociéndola.





Antes de irnos, nos quedamos el uno al lado del otro, las almas unidas, disfrutando de la inmensidad del horizonte y de su ensordecedor silencio.



No hay comentarios:

Publicar un comentario