miércoles, 15 de marzo de 2017

Dulce paseo por Santillana del mar, septiembre de 2016.

Empezamos la visita del pueblo por el gran parque del palacio de Peredo cuyos centenarios árboles nos dieron una sombría bienvenida.

Muy alto en las cimas revoloteaban pájaros cantautores. Mi niña, subyugada por tan bello canto, daba vueltas y vueltas sin parar bajo la mirada sorprendida de un tropel campestre más aficionado a los bailes de salón.







Mientras tanto, el señor Chuxo hacía malabarismos de los suyos.



Entramos en las concurridas calles del pueblo en busca de esas callejuelas solitarias que hacen el encanto de los buscadores de silencio.






En un rincón, unas niñas fotógrafas daban la nota mientras mi dulce mariposa revoloteaba entre las piedras milenarias que hacen la belleza del pueblo.





Llegamos a la Colegiata donde el Chuxo se hizo inmediatamente amigo de los dos leones guardianes de sus puertas.




Entramos en el museo Altamira donde el señor Coco dejó su endeble firma para la posteridad.



En cuanto a mi dulcinea del mar, seguía a paso ligero la visita de este encantador pueblo de ultramar.




Como es debido, acabamos la visita en una taberna poco concurrida, disfrutando de un copioso almuerzo de los buenos.



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