Aquel día, nos levantamos muy pronto para disfrutar de la belleza del valle justo cuando las nubes emprendían su largo viaje hacia los cielos.
Abandonamos Barcenas Mayor disfrutando de un ensordecedor silencio apenas turbado por el suave canto del río Saja que seguimos en su sinuoso periplo en medio del bosque, cruzando puentes, riachuelos y pozos, cada uno con un encanto especial, transformando nuestra caminata en un paseo floral y encantado.
El Chuxo, animal de pelo raso, no paraba de saltar de un lado para otro en un frenesí imparable hasta convertirse en un verdadero animal ladrador bebiendo el aqua vitae.
El bosque, frondoso, cubría enteramente las laderas del monte pintadas de un verde profundo que desplegaba todos sus encantos. Mi bella, mariposa de mis praderas silenciosas, disfrutó de la grata compañía de los seres invisibles que nos acompañaron durante gran parte de nuestra odisea silvestre, dejándonos cruzar su encantador y misterioso territorio, reino olvidado de los entes de los tiempos ancestrales.
Seguimos subiendo sin parar hasta llegar, por fin, cerca del pozo de la Arbencia que oímos más que vimos. El sendero hacia la cascada estaba tan destrozado por las lluvias torrenciales de los días anteriores que decidimos no arriesgarnos y, con la paz como compañera, emprendimos el camino de vuelta hasta el pueblo donde nos esperaba un almuerzo digno de los monarcas de los valles olvidados.

























































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