Empezamos nuestro periplo turístico por Saint-Amand-de-Coly, una pequeña aldea cuya abadía del siglo XII predomina las cimas de un gran bosque frondoso. Recomendamos especialmente la pequeña tienda de productos típicos regionales situada en la entrada del pueblo. Además de ser el único comercio, casi todo lo que se vende allí se puede probar, y la dueña es un encanto de persona.
Hicimos la vuelta del pueblo en compañía de un chucho ladrador totalmente subyugado por mi niña flor, reina de las praderas, que brillaba con sus mil pétalos de colores.
En cuanto al señor chuxo, se fue directo al bar del pueblo para tomarse su café matutino. Cabe decir que la terraza era muy agradable y, además de la brisa, pudimos disfrutar de un agradable momento de descanso hasta seguir con nuestro peregrinaje turístico.
Seguimos hasta Saint-Léon-sur-Vézère, un pueblo un poquito más grande, con muchos talleres de artesanos abiertos al público (en verano). Sus “coredous” (callejuelas estrechas) y el paseo a la orilla de la Vézère nos vinieron bien ya que empezaba a hacer realmente mucho calor.
Mi bella, luz de las nubes multicolores, me guío hasta la iglesia románica por un laberinto de callejuelas floridas hasta llegar al magnífico paseo fluvial, lo que le abrió el apetito del señor chuxo que ya estaba buscando un restaurante para disfrutar del mediodía como es debido (ojo, disfrutar de la comida francesa es un deber, no una obligación).
Nos paramos en el Restaurant de la Poste donde nos lo pasamos bastante bien, la verdad. Sólo había cosas que le gustan al chuxo y disfrutamos un buen rato de la estancia ya que poco más se podía hacer.
Después, seguimos hasta Limeuil, famosos por ser donde se juntan la Dordogne et la Vézère. Hacía un bochorno para rematar un pingüino congelado, así que subimos a duras penas hasta los Jardines panorámicos y nos volvimos enseguida por el bosque con la colita entre las patas ya que no podíamos más. No voy a mentirles, nos volvimos hasta la Canéda y nos quedamos el resto del día en el Spa del camping, agotados por una escapada más que calurosa.
¡Pero los chuxines lo pueden todo ya que son unos campeones (entre otras muchas otras cosas)! Es con las fuerzas renovadas que nos fuimos hasta Sarlat para una visita nocturna de este bellísimo pueblo medieval. Entramos por la gran puerta monumental del mercado y seguimos por callejuelas frescas lejos del tumulto de las zonas turísticas y de la algarabía de los pebleyos y vasallos de todo índole.
Alucinamos por la arquitectura medieval del barrio bajo, con sus plazas y rincones floridos, sus altas paredes de piedras talladas y del silencio abrumador de sus estrechas calles desiertas, reino de los gatos callejeros y de las hierbas salvajes.
Mi niña de los mil pétalos me guió como si la ciudad fuese suya, y no paramos de caminar hasta que la magia de la noche iluminase con sus sutiles encantos el corazón de las tinieblas dormidas.
Caminamos de farolas en farolas, descubriendo secretos cuyas bellezas sólo se pueden percibir al umbral de la oscuridad. Mi dulce niña acabo por llevarme hasta una taberna vasca (como no) donde nos despedimos de una larga jornada disfrutando de una agradable velada (con cerveza vasca bien fresca).

































































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