jueves, 20 de julio de 2023

La Roque Gageac, un dulce paseo marítimo por la Dordogne, junio de 2023.

Para nuestro tercer día en el Périgord noir, decidimos visitar el pequeño pueblo de La Roque Gageac y disfrutar de una agradable vuelta fluvial en una Gabare, una pequeña embarcación antiguamente utilizada para el transporte de la madera. Elegimos las Gabares Norbert porque nunca pierden el norte y no huelen a camenber.


Mientas esperábamos el gran navío, mi niña de las flores dio más vueltas que una mariposa de las prosas. Es que a la orilla de la Dordogne, el alma de los poetas resplandece de mil flores.




Embarcamos sin miedo, porque los chuxines son también marineros renombrados y les gustan la navegación siempre y cuando se puede vislumbrar el bar de los marinos, el que siempre te encuentras cuando has perdido el norte.





El paseo fluvial es más que aconsejable. Primero porque el pueblo es chiquitín y que se ve mejor su arquitectura desde el río, segundo porque dejarse llevar por el suave caudal del río proporciona una tranquilidad sobrecogedora.



Nos prometieron que íbamos a ver tres castillos, y así fue. Este es el primero de los tres, construido durante el siglo XIX y guardando una aproximativa concepción medieval sin sus inconvenientes. Nos pareció muy grande para quedárnoslo una temporada, y no tenía piscina, lo que a mi sirenita de alta mar fue el punto flaco de la propuesta.





Seguimos tranquilamente hasta el segundo castillo, el de Beynac, que visitamos el día anterior y que nos dejo un sabor medieval inconfundible. El señor chuxo, que iba de segundo a bordo, se alegró no tener que volver a subir los 3556 escalones, que con la armadura puesta le costó un cojón aguantar tantas subidas y bajadas, por muy medievales que sean.





El tercero castillo fue el de Marqueyssac que vimos desde lejos y cuyos jardines visitamos en 2010, lejana época, anterior a la medieval, de cuando el señor chuxo aún no sabía conducir.



De vuelta a tierra firme, dimos vueltas y revueltas por el pueblo que, aunque muy chiquitín, reserva unas cuantas sorpresas al visitante que sabe encontrarlas.




En cuanto a mi niña flor, justamente, estaba entre flores, como no, revoloteando apenas puso pie a tierra.




Lo cierto es que la única callejuela donde se puede transitar, a parte de la que bordea la Dordogne, ofrece un poco de frescor al peregrino en busca de un poco de sosiego (medieval).






Evidentemente, nuestros pasos nos llevaron hasta la iglesia y, acto seguido, en medio de una jungla florida (como mi niña) donde casi perdimos los sentidos además del norte que es donde estaba el bar.







Después de una parada en el bar de la orilla, decidimos irnos hasta el pueblo de Audrix a comer a la famosa Auberge Médiévale, un restaurante altamente recomendable donde nos recibieron como señores. Sólo hay que ver el plato de picar que nos sirvieron a modo de aperitivo. Es cierto que hace falta poco para entusiasmar al señor Chuxo, pero una vez que está entusiasmado, lo está de verdad.




Pedimos una pirámide vegetal de primer plato para compartir, y disfrutamos un suculento manjar que, además de despertar nuestra pupilas, nos abrió las puertas de la imaginación.






Hasta el postre estaba de lujo total. Yo quiero volver a L’Auberge Médiévale y disfrutar de la vida con mi bella niña, el amor de mi vida.



Después del festín, antes de irnos a visitar las grutas de Proumeysac, nos paseamos por el pueblo que no tiene más de 20 casas (contando las de los perros). Encendimos un cirio para agradecer a la Dama de las flores que siempre nos acompaña durante nuestro viaje terrenal. En cuanto al señor chuxo, fanático de la limpieza, le dio un repaso a las vigas con una escoba cuya altura impresionó al personal allí presente.








Después hubo una especie de trifulca con una especie de energúmeno que quería llevarse a mi niña en su nido. Iluso personaje, no sabía lo que le esperaba en el caso de que su vil estratagema funcionase. Pero después nos hicimos amigos y nos fuimos todos más felices que perdices.



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