miércoles, 12 de julio de 2023

Le château de Beynac, Périgord noir, junio de 2023.

Al día siguiente de nuestra infernal caminata, decidimos tranquilizarnos un poco y disfrutar de los tesoros del Périgord noir. Así que nos decidimos por el castillo de Beynac, un vestigio de la edad media, erigido en 1115 sobre una alta roca dominando la Dordogne. Cabe decir que en aquella época, ni se podía visitar el castillo ya que te recibían a flechazos, ni tampoco había bares para desalterarse debidamente, lo que era un error colosal ya que habían bien pocos turistas vagueando por la comarca.


Pero ojo, antes de visitar el castillo de Beynac, hay que subir hasta el castillo de Beynac. ¡Por los huevos del gran buey, nada es imposible para los Chuxines, animales parlanchines! Aunque muy desgastados por la trifulca del día anterior, no es una subidita de nada que les van a impedir trepar hasta muy por encima del Kilimanjaro de las rocas medievales. 




Mirad a mi bella niña flor, luminosa y colorida, contentísima de seguir subiendo como una fiera insaciable, atrayendo los animales voladores en un sin fin de vueltas por las empinadas callejuelas embrujados del pueblo circundante al castillo.






Pero al llegar a la primera torre, ya estábamos hasta la coronilla de tantos escalones. Menos mal que llegamos hasta la gran plaza de la fortaleza que predomina toda la contorna. Cabe decir que desde abajo, las vacas deben de sentirse muy protegida por la cercanía de tantos castillos medievales.









Una vez en el interior de la fortaleza, no había música, lo que era una pena porque espacio para bailar había de sobra. Evidentemente, el señor chuxo no pudo resistir  hacerse el caballero, menos mal que no llevaba armadura, el pobre. En cuanto a mi princesa florida, tomó constancia de las posibilidades de la estancia, tomando medidas para darle un poco de vidilla a aquellos fríos aposentos inclementes.










Si una vez en el interior crees que no vas a seguir subiendo, te estás equivocando sobradamente. En esta época, la medieval, se subía de la mañana hasta la noche en un sin parar frenético, por eso no vivían tanto tiempo. Y en esto estuvimos ocupados un buen rato hasta que mi chuxina, visitando las cocinas me dijo: “ya esta bien de tonterías medievales, bajamos a por unas cervecitas antes de que los sarracenos nos dejen más secos que la mojama.















Como nadie quería quedarse seco, bajamos con temple y entusiasmo hasta la taberna del lugar donde nos sirvieron una caña bien fresca que dejo al susodicho sin peludar en plena contemplación animalesca ya que le sirvieron una “ La Bête”, una cerveza artesanal de sabor rudo y algo embrujado.


¡Sin ladrar no hay vida, pero una vida sin cerveza no vale ni un solo meneo de colita!

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