viernes, 6 de agosto de 2021

El famoso camino del coll d’Eruga, de Cava hasta Queforadat, Pirineos Catalanes, julio de 2021.

A la mañana siguiente, volvimos al pequeño pueblo de Cava, inicio de nuestra ruta del día. El sendero empieza en el pueblo mismo y enseguida se pierde entre el majestuoso bosque de pinos, el verdadero dueño de tan bellos parajes.


Enseguida mi niña se hizo amiga de las numerosas mariposas que revoloteaban de flor en flor en un colorido baile silencioso, saludándonos a cada uno de nuestros pasos.







El sendero fue muy indulgente con nosotros y lo seguimos sin ninguna complicación, todo el recorrido haciéndose bajo la protección milenaria del gran bosque.






A lo lejos, la cimas, inasequibles y vertiginosas, un verdadero placer para los que saben disfrutar de la sencillez de la belleza. 





Seguimos caminando con paso firme en el silencio más absoluto. Muy pocas veces se oía el zumbido de una abeja o bien el crujir de un árbol malhumorado. Hablamos con las mariposas, los árboles y a veces con el musgo, sin olvidar al silencio que siempre sabe escuchar sin decir nada ya que, como es bien sabido, es el único en saberlo todo.






Por fin llegamos a Querforadat, un minúsculo pueblo perdido en medio de la inmensidad. Allí conocimos a un abuelo y su nieto que disfrutaban, cada uno con su corazón, de tanta belleza compartida.






El camino de vuelta fue igual de sencillo y tranquilo. Nos cruzamos con manadas de caballos y unas cuantas vacas pastando o bien disfrutando del tiempo que pasa sin más preocupaciones.









Seguimos bajando tranquilamente cruzando más praderas de flores, árboles caídos y otros de muy buen parecer, y nos paramos para emprender un vuelo que nos hizo descubrir la inmensidad de aquellas montañas boscosas.















Bajamos sin parar hasta llegar de nuevo al pequeño pueblo de Cava que nos recibió con su humildad legendaria.











Como las tres horas y pico de caminata habían sido leve, después de la comida y del descanso obligatorio, nos fuimos de visita hasta el pueblo de Estamariu donde dimos una vuelta entre la multitud invisible, disfrutando una vez más de la sencillez de los pueblos de alta montaña.





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