Menos mal que nos fuimos de buena mañana. Para empezar, la carretera que sube hasta el refugio de Malniu es tremenda, de tierra resbaladiza, muy estrecha durante largos tramos y sin quitamiedos ni ningún tipo de protección.
Y sí, nos acobardamos y dejamos el coche a mitad camino para seguir el resto de camino a pie… hasta llegar a un sendero que parecía subir entre matorrales hasta dicho refugio.
Allí, nada de broma y subidita empinada hasta el refugio más de media hora más arriba. Eso sí, las vistas muy bonitas, pero sin osos.
Una vez llegamos al refugio, el sendero es mucho más fácil de seguir y cruza una colonia de matorrales en flor que le dan toda su esencia a esta parte del monte.
El lago de Malniu es realmente precioso, con los picos circundantes reflejándose en sus tranquilas aguas. El momento ideal para hacer una pausa y disfrutar de su templada belleza.
Desde las alturas, el lago nos reveló gran parte de sus secretos. Incluso hay unos que dicen que su belleza aún perdura vista desde la luna.
Pero existe otro lago, el de Prat Fondal, más chiquitito pero no menos bello y resplandeciente, con una autopista de verde césped que ofrece al caminante un sosiego más que bienvenido.
Descansamos un buen rato en las orillas rocosas del pequeño lago, con mi niña flor en trance Zen, conectando con todas las mariposas y flores de la comarca, sin olvidar a las abejas montañosas que como bien se sabe, no producen miel sino hidromiel.
La bajada, como todas las bajadas, fue mucho más leve y rápida. Volvimos sin toparnos con ningún oso pero sí con la gorra de mi niña, perdida al principio del camino y que un alma piadosa había dejado en evidencia sobre una roca de buen tamaño. El señor chuxo quiso volar, pero se reservó para otro momento más apropiado. Nos queda aún en la memoria la magia y el fresco de aquellas alturas. Una ruta más que aconsejable.


























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