Caminar en sus calles desiertas nos proporcionó paz y cierta facilidad para inmiscuirnos en los antiguos cuentos de antaño, los de las leyendas.
Visto desde el cielo, el pueblo sigue preso del vuelo de las golondrinas, del paso de las nubes y de las altas cimas que, desde las lejanías, observan sin nunca opinar.
En cuanto a mi bella, el sol le dejo desplegar sus bellas alas luminosas.
Al otro lado del valle del Segre, después de un recorrido por una carretera muy estrecha y extremadamente tortuosa, llegamos a Arséguel, con su iglesia custodiada por dos mascaras mágicas y sus tímidas calles desiertas.
Más allá de sus paredes y callejuelas centenarias, preside el esplendor de los altos Pirineos, una obra maestra dominando todo el espacio, el de las tierras pero también el de las estrellas.
Seguimos la carretera hasta Cava llegando justo antes del final del día, cuando el sol está a punto de despedirse del día, iluminando por última vez estas bucólicas tierras salvajes, cuando los humanos se van a descansar mientras los animales salen de sus escondites con ganas de reconquistar sus dominios naturales.
Bellas son las mariposas antes de emprender el vuelo que les llevará a los confines de todas las vidas.


















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