Empezamos nuestro periplo de buena mañana. La brisa aún estaba fresquita y el cielo bastante nublado, pero el camino llenaba nuestros corazones de buena energía y es con alegría que el pequeño sendero nos había abierto sus puertas invisibles.
Como es costumbre, mi niña flor abría el camino, paseando entre la fauna silvestre y las numerosas mariposas que la saludaban a cada uno de sus pasos.
Pasamos cerca de Ribesalbes y seguimos de lejos el río Mijares que discurría sinuoso muy por abajo del sendero.
Saludamos a uno de los Maestros del bosque que nos ofreció un poco de su sombra para darnos ánimo y acabar nuestra peregrinación.
De vuelva a Fanzara por la parte del bosque, lo primero que se ve es el bellísimo lavadero, y justo detrás, una inmensa representación de un Dios en construcción.
El pueblo, cada año, se enriquece de unos cuantos nuevos murales, lo que le dan un encanto especial a sus casas, calles y callejuelas.
La vieja iglesia, ilesa de modernidad, ofrece su belleza a quien la quiera ver.
Comimos en el bar Los Ojales, y la verdad no podemos más que aconsejarlo. Comida casera de toda la vida que no dejará indiferente al caminante hambriento.
Para acabar el día, sesión de yoga en las orillas del embalse del Sitjar y panorámicas desde las nubes.


























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