Llegamos a Alcublas prontito, tan pronto que Monsieur le Txema no tuvo más remedio que asearse en la fuente del pueblo para la gran alegría de todas las moscas de la contorná.
El día había salido muy nublado, con un fuerte viento que nos empujó hacía los molinos que nos esperaban en las alturas, así que la subida no fue para nada complicada.
Una vez en la cima, nos quedamos cerca de los molinos el tiempo de un susurro ya que las ráfagas de viento fresco redoblaron de fuerza, lo ideal para despertar cuerpo y alma.
Acto seguido seguimos un sendero que nos llevó hacia la falda opuesta de la montaña hasta llegar a un antiguo cobertizo restaurado, con mi niña saltarina que revoloteaba en un sin parar maravilloso.
Seguimos caminando por dicho sendero mientras el cielo se estaba despejando, tanto que rápidamente tuvimos que quitarnos las chaquetas… salvo Monsieur le Txema que es de otro mundo.
Bea abría el camino seguida de cerca por mi niña trepadora cuyos pasos dejaban una alfombra de flores tras cada unos de sus pasos.
La subida final fue mucho más cálida que la del principio, pero rápidamente llegamos al pueblo de Alcublas donde comimos en un pequeño bar de pueblo que nos sorprendió gratamente. Comimos tan bien que Monsieur le Txema dejo sus canciones pintadas en las paredes hasta el final de los tiempos inmemoriales.
Para acabar con ese gran día, os dejo mi humilde homenaje a la pequeña casa de Bugarra que tantas veces me ha cobijado a lo largo de los años.





























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