domingo, 23 de diciembre de 2018

Tres días en el Entre deux mers, noviembre de 2018.

Viajamos con Ryan y mi Chuxina amada, flor de mis aventuras. Llegados a Bordeaux, ningún tren para llegar hasta Libourne… taxi nocturno y cena con la tía Christine en su nuevo y muy bonito piso.

Al día siguiente, paseo por el Entre deux mers y sus bellísimos viñedos, una magia de colores otoñales dignos del más silencioso poema del viento.
















Dimos la gran vuelta, rozando la Dordogne cuya salvaje corriente se llevaba los últimos suspiros del lejano océano.










La tía Christine nos invitó “Chez Rémi” comida casera con sabores vascos, con unos platos digno de Gargantua.



Después, paseo digestivo por la ciudad cuyo abrigo de hojas nos dejo con ganas de siesta. Pero no nos desanimamos y nos fuimos paseando hasta la capilla de Condat, donde el cura y todos los feligreses nos recibieron con gentileza y mucho entusiasmo.










Merendamos a la francesa en una pastelería familiar y con las especialidades de la comarca: “macarons et cannelés”.





Al día siguiente, una espesa neblina se había apoderado de la ciudad entera, un juego de espejismos fantasmales sorprendentes.













Llegó el sol y la vida volvió con sus flamantes colores. Por la tarde incluso fuimos a ver los patos y “ragondin”, habitantes habituales de lago de Cadarsac.




Acabamos el día en Dardenac, el pueblo del chuxo parlucho. Nos quedamos un rato en el profundo parque de la pequeña aldea esperando coincidir con unos de sus habitantes, pero ciervos y jabalíes se habían ido a otra fiesta… fiesta a la que nos invitaron Jakipi donde, como ya es costumbre, nos lo pasamos a lo grande bajo las nubes.








No hay comentarios:

Publicar un comentario