lunes, 3 de diciembre de 2018

Les Fêtes de Sares, Espelette y Aïnhoa, País Vasco Francés, septiembre de 2018.

Llegamos a Sare al atardecer, con un temporal algo nublado y un ambiente aún templado. Era demasiado pronto para llegar tarde y demasiado tarde para llegar demasiado pronto, pero Phil nos invitó a una buena cerveza en la plaza del pueblo donde, enseguida, mi niña flor se hizo amiga del camarero.

Después, mi dulcinea quiso ver el interior de la iglesia para así compararla con la de Ciboure. Aunque muy similares en su estructura, ambas tienen su encanto y secretos bien guardados.







Acto seguido, nos fuimos a cenar al Pleka Trinquet Bar con Phil, nuestro anfitrión de la noche. Hablamos mucho, que falta nos hacía después de tanto tiempo sin vernos.


Después, volvimos a la plaza, que es realmente donde, sin darnos cuenta, perdimos la cuenta de la cuenta.




Eso sí, volvimos a cierta hora de la noche, con un mono que nos indicó el camino de vuelta en medio de la oscuridad más tenebrosa, cruzando bosques montañosos seguramente encantados.

Al día siguiente, mañana de relax y de dibujo en nuestra famosa Mobile Home de Erromardie, punto de partida de todas nuestras aventuras, con el mono Coco, un animal de pelo raso que nos encontramos antes del diluvio.



Aunque el tiempo era escabrosamente cambiante, nos fuimos hasta Espelette, el pueblo de los pimientos, dando un largo paseo por los alrededores de la aldea hasta toparnos, como no, con la iglesia que nos esperaba con las puertas abiertas.














Es allí donde mi niña reportera hizo un magnífico reportage fotográfico, buscando ángeles hasta en los rincones más rebuscados.









Seguimos nuestro periplo volviendo por el encantador riachuelo, pasando por el hotel de 5 estrellas y saludando a un asno algo parlanchín.








Más tarde, llegamos al pequeño pueblo de Aïnhoa, rodeando su iglesia, comprando recuerdos y despidiéndonos de nuestro peregrinaje turístico en el antiguo lavadero, lugar de encuentro de todas las musas de las montañas circundantes, donde el silencio habla con los árboles, dejando constancia del tiempo que pasa.






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