Fuimos a Murcia por un asunto Cocofónico que nos salió raro, pero aprovechamos parte del finde para visitar la ciudad como es debido.
Después de haber saludado a los patos del Parque de Fofó, nos adentramos en el casco antiguo en busca de la musa de las golondrinas que, milagrosamente, encontramos sentada cerca de una majestuosa fuente soleada.
Visitamos el Casino, con su suntuoso interior que aúna diferentes estilos decorativos, desde el patio árabe hasta el neo barroco más exuberante.
Mi niña mariposa probó casi todos los sofás y sillones de los salones hasta que su chuxo parlanchín se puso a cantar como un animal loco, dejando a los ángeles literalmente colgados del techo.
Acto seguido nos fuimos al Monasterio de Santa Clara y su increíble patio, donde viajamos hasta otra época el tiempo de un suspiro.
Callejeamos sin parar hasta que se descosiera la parte posterior de la falda de mi niña caminadora. Tuvimos que correr a comprar algo de ropa antes de que el viento se llevase sus bragas encantadoras.
Nos paramos a picar algo en la “Bien paga”, uno de los mejores restaurantes del centro de la ciudad, donde conocimos a 12 compases que no nos dejaron indiferentes.
Pasamos por el Palacio episcopal que se había quedado rojo de vergüenza y entramos en la Catedral a saludar al colgado que nos recibió con su eterno entusiasmo.
Después, no sé muy bien lo que hicimos, sólo recuerdo volver a la “Bien paga” con mi niña de los mil terremotos a disfrutar de la vida y de los compases, perdiéndonos en el barrio chungo de la capital y volviendo a pie, sin un duro en los bolsillos, hasta nuestro refugio de las afueras y bajo un frío de los mil cojones.











































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