martes, 8 de enero de 2019

Frescor otoñal en el parque natural de la Font roja, noviembre de 2018.

Después de llegar al Santuario, punto de partida de nuestra aventura, seguimos un pequeño sendero que se deslizaba lentamente por la sombría de la montaña. De hecho, el frescor, que era bastante punzante, nos acompañó durante toda nuestra larga peregrinación.





Mientras la Virgen dominaba el paisaje, seguimos subiendo a paso firme, disfrutando de un magnífico paisaje con tinte otoñal.




Con mi niña jefa de escuadrilla, y con Gracia y Carmen de capitanas, ni rastro de los jabalíes que había huido espantados.







Primera meta del día, el Mirador del Menejador y su impresionante punto de vista de 360º, un espectáculo realmente majestuoso.



Aquí tenemos a mi montañera trepadora, posando en la roca más alta de la cima. Seguidamente, descubrimos a la fotógrafa fotografiada. Tomad nota que tenemos un equipo profesional, la crême de la crême, para realizar tantos reportajes fotográficos excepcionales además de asombrosos.



En cuanto a las vistas, el aire estaba tan limpio que las panorámicas nos dejaron con la boca abierta… aunque no por mucho tiempo por culpa del frío.




La belleza siempre se merece amor, y es con un dulce beso y con el corazón puro que seguimos nuestra peregrinación.





Seguimos caminando por el flanco de la montaña, casi a la altura de las nubes, hasta llegar a un antiguo nevero, uno de los más grandes que he visto hasta ahora.






Después, empezamos el camino de vuelta por un sendero lateral a la pista principal, una senda encantadora, silenciosa y mágica.








Mi mariposa de suaves aletas emprendió el vuelo y acabamos nuestra ruta hasta el Santuario volando.





Comimos en la Masía la Safranera, donde conocimos un anfitrión encantador que nos contó miles de historias. Acabamos el día charlando cerca de la chimenea, recuperándonos de una copiosa comida acompañada de suculentos néctares, elixires de los más milagrosos.









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