Teníamos que despedirnos de la isla con un fantástico recuerdo. Nuestro último paseo nos llevó muy por encima del pueblo, a un parque que daba directamente hacía el océano. Allí esperamos con ganas la puesta del sol que, poco a poco, iluminó con sus dorados colores el universo entero.
Lentamente, el sol se despidió, ofreciéndonos una vez más el milagro que todos estábamos esperando. Mi niña flor se hizo con la cámara y gran parte de este reportaje es debido a su mirada incisiva, reflejo poético de su dulce alma.
Acabamos probando varias “Caipirinas” para irnos no sin antes haberlas saboreado todas a lo largo de nuestras vacaciones. De hecho, fuimos a varias tabernas para así poder comparar sus distintos sabores.
Cabe decir que aquella noche, todos dormimos el sueño de los justos, bañados por el dulce cantar del océano y de sus misteriosas sirenitas bailadoras.

























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