A la vuelta del “Pico das pedras”, decidimos cambiar de rumbo e irnos hasta la punta de la isla para ir de paseo por el “Ponta de Sao Lourenço”, unas tierras más áridas que el trasero de un mono rastreador y más bellas que una flor marchita.
Valientemente, decidimos ir hasta la punta del islote, más allá del fin del mundo y del infinito. Hay que destacar que allí los acantilados son de categoría. Por un lado está el océano echo una furia, y por el otro, de nuevo el océano, pero más quieto que un monje haciendo la mona.
Hay piedras por todas partes, es bello, pero el problema es que también hay precipicios de la rehostia sagrada. El señor chuxo fue hasta donde pudo… pero es cuando se encontró con una cresta que daba hasta los abismos por ambos lados que se acabó el buen rollo. Demasiado para un animal de tierra firme. Menos mal que su dulce mariposa fue al rescate de su amado mientras Bea y le Txema seguían hasta el islote de las gaviotas cagadoras.
La vuelta fue un infierno, pero he sobrevivido para poder contarlo. De echo, al ver estas fotos, se me retuerce malamente el estomago. ¡Malditos acantilados! ¡qué os den!
Una vez a salvo, hice fotos del mar, de mi bella, de las gaviotas y de las nubes salvajes que, desde arriba, lo ven todo burlándose del caminante acojonao.
Mi niña flor consiguió levantar una enorme piedra para realizar un magnífico Kern, prueba inconfundible que estuvimos allí, con los huevos puestos, salvo el señor chuxo que aún sigue aullando.





























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