Cabe decir que para llegar hasta aquel pico, fue toda una aventura. Para empezar, elegimos el camino más largo, con una carretera de infarto y con monsieur le Txema fuera de órbita. Pero valió la pena, vimos un arco iris marítimo que encantó a mi sirenita y llegamos sin problemas a buen puerto, de montaña, claro.
Dejamos el coche cerca de la casa del guarda forestal y nos aventuramos cruzando un frondoso bosque poblado por inmensos árboles y una armada de setas de colores. La tierra estaba bastante húmeda y el sendero nos llevó hasta la nada ya que, después de una buena hora caminando, se quedó totalmente intransitable.
No obstante, descubrimos un árbol mágico y, a lo lejos, contemplamos una tormenta de alta mar. ¡Vaya suerte la nuestra! Volvimos al coche y subimos al “Pico das pedras” bajo una llovizna nubosa que no nos dejaba ver absolutamente nada a más de tres metros de distancia.
Dispararon al pobre chuxo, animal de pelo raso, que corrió a esconderse tras el coche totalmente cagado de miedo. Pero salió ileso y nos fuimos a comer nuestros bocadillos al porche de un antiguo hostal de montaña cerrado antes de la llegada de Cristo en las Américas. De hecho, quiero dejar aquí constancia de la virtuosidad de nuestra Bea, intrépida conductora como no las hay.
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