Mi niña mariposa, capitana de las rutas, había encontrado una nueva caminata para hacer, algo más leve que la del día anterior, el famoso Étang Bleu. Pero la carretera se volvió cada vez más sinuosa y estrecha y nos paramos en medio de la nada en un lugar llamado el Coll del Port. Había una especie de bar restaurante pero estaba cerrado. Vimos unas rutas que iban más allá de las grandes colinas y nos fuimos un poco al azar, disfrutando de la buena fortuna, aliada de los Chuxines caminantes.
Como siempre en Ariège, las rutas empiezan subiendo sin piedad ninguna. Mi niña empezó a quejarse, y aunque seguía refunfuñando subía a buen ritmo, siempre delante del señor Chuxo, rastreador impenitente.
Después de hacer un leve descanso cerca de una antigua casa forestal, seguimos nuestro camino hasta un lejano y desconocido bosque que parecía cubrir el resto del monte.
Enseguida entramos por la puerta del gran bosque que nos recibió con frescor y encanto. Mi niña trepadora volvió a sonreír al ver que aquella fortuita ruta no iba a ser de las muy complicadas.
¡Cuánto frescor y cuánto verde! La verdad disfrutamos de una magnífica ruta forestal lejos del mundo, saludando a los grandes árboles y a unos cuantos riachuelos furtivos.
A lo lejos, un majestuoso pico nos saludó desde la distancia. Enseguida su cima desapareció debajo de las nubes y decidimos dar marcha atrás, volviendo tranquilamente sobre nuestros pasos.
Volvimos a cruzar la vía romana que, vista desde el camino de vuelta, fue toda una sorpresa para la vista aunque tuvimos mucho cuidado de no resbalarnos, el agua afloraba a flor de tierra.
Salimos del bosque por donde entramos para seguir nuestro camino por el altiplano, la casa forestal y los grandes campos de flores.
¡Pronto más aventuras animalescas!






























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