Era nuestro último día de vacaciones. Había llovido todo el día, al igual que el día de nuestra llegada, pero curiosamente, justo durante las últimas horas de la jornada, el sol pareció invitarnos a salir de nuestro cálido nido.
Es mi niña que tuvo la idea de ir hasta Bidart, un pequeño pueblo costero a unos cuantos kilómetros de Saint-Jean. Así que nos fuimos con ganas de iluminar una jornada tan poco atractiva.
Llegamos, aparcamos y empezó a llover la de Dios. Nos cagamos en los huevos de los Santos, y después de dar una vuelta rápida por la plaza del pueblo, entramos en un bar vasco de los buenos, con vista hacia el frontón convertido en la ocasión en piscina municipal.
Los chuxines siempre se lo pasan bien… así que nos lo pasamos de lujo total. ¡Huevos hay que ponerlos al fuego cuando llueve, cojones!
Después del fiestorón, descubrimos que había un concierto de cantos vascos en la iglesia del pueblo, así que nos confundimos con un tropel de peregrinos qui iban en la misma dirección y nos fuimos a calentar el alma cómodamente sentados en la bóveda celeste para disfrutar de la pura belleza de los cantos ancestrales.
Nos quedamos hasta el postrero suspiro del último canto y nos volvimos de noche, ladrando como chuxines mojados… pero contentos y exaustos.
















No hay comentarios:
Publicar un comentario