Con tal de empezar, la ruta empieza en Tales, un pequeño pueblo con dos bares: uno arriba y otro abajo. Por si te pierdes el primero, no puedes fallar con el segundo. Algo es algo en caso de alto peligro.
Bueno, este municipio hace parte de Espadán Mijares, es pequeño pero muy bonito. Los gatos te saludan mientras los ratolines comen el queso. Así va la vida en la Sierra Espadán.
A la salida del pueblo hay un caminito agreste que va subiendo, pero eso lo sabes después porque antes no te puedes perder un rincón mágico que descubrió mi niña trepadora que me dijo: “¡Ven bonico, que te voy a enseñar algo!”
Es un sitio especial, sobre todo cuando está bañado por una temprana luz de mañana que lo transforma todo en un espectáculo digno de un cuento de hadas.
Después, “¡A callar y a caminar!”, me dijo la jefa. Es mi niña, bonita flor de los montes, y sube más rápido que el céfiro. Me llevó por un magnífico sendero repleto de curvas y recovecos, más allá del infinito, por un inmenso bosque donde los pinos son los reyes de estás áridas tierras.
A lo lejos, a veces, podíamos entrever los famosos Órganos perdidos entre un oleaje boscoso que no parecía tener fin.
Pero más se camina, más se avanza, y más subíamos, más las vistas se volvían majestuosas. Y es una suerte tener a una niña caminadora a tu lado. Con ella nunca te puedes perder y siempre encuentra los caminos más bonitos que comparte como la maravillosa flor de los bosques que es.
El camino sube, pero no es para tanto. Aquel día el cielo estaba despejado, pero una brisa fresca acompañaba cada uno de nuestros pasos.
Más abajo, el embalse de Onda nos dejó muy buena onda, y si no fuese por los Órganos, nos hubiéramos dejado embrujar por su sutil música subacuática.
Una vez llegado arriba, el camino sigue recto hasta los Órganos, dejando entrever muchas de las bellezas de la comarca. Entre el Penyagolosa y el mar, hay toda una cadena de montañas compitiendo por ser la más guapa.
Por fin, llegamos a los Órganos de Benitandús, y tocaron su gran sinfonía silvestre sólo para nosotros, caminantes del gran camino, amantes de los silencios y bebedores de recuerdos frescos. Nos sentamos un largo rato para disfrutar de la inmensidad solamente acompañado por una dulce melodía de mediodía, hora predilecta para los buenos bocadillos de tortilla que había preparado mi niña saltarina.
Después hay que bajar sin rechistar, que aún había mucho que caminar… que después vienen los jabalíes y te dejan sin las galletitas (por si aún no te las has comido).
Pero mi niña es precavida y llegamos a Benitandus, gran pueblo con tres casas y un parrus, dónde el señor chuxo, amigo de los animales, le dio algo de jamón y queso a un primo del jabato.
De hecho, el pueblo es tan pequeño que si pasas sin verlo, es que estabas soñando. Como siempre, mi niña campestre se hizo un amigo que nos dijo de seguir por el camino de los olivos y almendros, lo que hicimos agradecidos.
Más allá por el monte, seguimos por la vía de la Penya negra que nos llevó hasta una vía adoquinada, autopista sin pista que nos encaminó de nuevo hasta el gran bosque de pino, o bien el hermano del primero ya que por estos parajes, todos son pinos o bien primos de los primos.
Por fin llegamos de nuevo a Tales tal y como se había previsto, con ganas de unas birras más que merecidas. Pero ni el bar de arriba, y aún el de abajo, seguían abiertos.









































































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