Llegamos pronto a “La rueda”, nuestro hotel rural de Riopar, donde nos quedamos justo el tiempo de dejar todo el equipaje, conocer a nuestros anfitriones e irnos enseguida a visitar los lugares más emblemáticos de la comarca.
De camino hasta Alcaraz, nos topamos con una pequeña manada de ciervos que se quedaron sorprendidos al vernos parados y observándoles desde el coche.
Una vez en Alcaraz, nos fuimos directamente a la plaza mayor, al Casino, el bar popular del pueblo donde se puede vislumbrar las dos torres de la plaza. Acto seguido volvimos sobre nuestros pasos y comimos en el “Mirador de Alcaraz” donde nos cuidaron a base de bien.
Una vez comidos, paseo digestivo por las alturas del pueblo donde pudimos impregnarnos de gran parte del inmenso valle que se ofrecía a nuestra vista.
Volvimos a coger el coche, vuelta atrás hasta Riopar Viejo, un pueblo mucho más que encantador.
Mi niña flor estaba resplandeciente entre la belleza del lugar, paraíso de las mariposas, y juntos esperamos la puesta del sol para disfrutar de la última pincelada de color del día.
Conocimos a un sabio que nos contó la historia de la pequeña iglesia, de las fuerzas telúricas que siempre han regido la vida del pueblo y de los sapos parteros cuyo canto nos sorprendió cuando empezó la noche.
Después, cena frugal en el hotel, cerca de la chimenea, con una buena copa antes de irnos a visitar a Morfeo.
El día siguiente, caminata hacia el nacimiento del Mundo, pero al salir de casa nos esperaba una niebla que no nos dejaba ver a más de 20 metros. Por suerte se desvaneció al llegar a la falda de la montaña, media hora de caminata después.
Rápidamente entramos en el frondoso bosque que custodia el Mundo, inicio de nuestra larga caminata con mi niña caminadora de capitana y el chuxo de explorador infalible.
Seguimos el río que cada vez se volvía más bravo.
Al abrigo de los grandes árboles del bosque, seguimos el camino que nos llevaba mas allá, hacia lo desconocido. Menos mal que el río estaba cerca, testigo de que seguíamos el buen camino.
En un momento dado, casi nos perdimos, pero unos kerns dieron fe del buen camino a seguir.
Mi niña, valiente caminadora, seguía subiendo como una mariposa salvaje, llevándome hasta un claro mágico escondido en medio de un impresionante circo rocoso.
Enseguida llegamos al parking del nacimiento del Mundo. Después de horas caminando solos, nos encontramos en medio de una multitud excitada por verlo todo en poco tiempo.
Nos fuimos enseguida, cruzando un interminable bosque de pinos, la parte más seca de la caminata.
Por desgracia, tuvimos que parar a medio camino, la patita de mi niña no podía más. Menos mal que conocimos al Jefe del “Laminador”, un restaurante cerca de Riopar, que nos llevó en coche hasta su madriguera donde nos lo pasamos a lo grande. Eso sí, el chupito del final me dejo laminado.
El día siguiente, después de un buen desayuno, vuelta a casa, pero no por el camino más rápido. Nos paramos a admirar los almendros en flor que nos habían impresionado las retinas a la ida. Como ya es de costumbre, mi niña flor… se mimetizó con el entorno.
Después, nos fuimos hasta Letur (de France), un magnífico pueblo donde nos quedamos gran parte de la tarde, visitando sus callejuelas y sus sorprendentes rincones de soledad.
Nos encantó perdernos, encontrarnos, y perdernos de nuevo.
Es en la plaza de la iglesia donde están los mejores bares del pueblo, pero es en las callejuelas que se encuentran sus tesoros.
Después de tanta caminata callejeando, nos fuimos hasta la Granja, el mejor restaurante del pueblo donde nos despedimos de nuestra escapada como es debido.








































































































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